Como alcohólicos en una reunión de los Doce Pasos, debemos admitir la verdad: la existencia se ha convertido en algo ingobernable para la especie humana. La vida ha llegado a un callejón sin salida a todos los niveles, desde la estabilidad emocional individual a la política global, pasando por las relaciones de pareja y familiares. Nuestros problemas no tienen solución -o tal vez ni siquiera la posibilidad de desear una solución- mientras la consciencia humana permanezca en su actual nivel de desarrollo incompleto. Es necesario trascender nuestra conflictiva economía psíquica egocéntrica, que se refleja en los conflictos sociopolíticos. Nuestra adicción a los impulsos y placeres del ego -a los desagradables atributos de narcisismo, codicia, odio, prejuicio, agresión, engaño, venalidad y negación- está destruyendo nuestra existencia colectiva.
Si hemos de sobrevivir, debemos evolucionar rápidamente a niveles superiores de consciencia. Ese ha sido el más profundo de los anhelos humanos desde el amanecer del tiempo registrado, la razón de ser de toda religión, el mensaje de to
do gran profeta y sabio de la historia. Pero ahora se nos está acabando el tiempo. No podemos esperar a ningún mesías, avatar, movimiento revolucionario, extraterrestres benignos ni ninguna otra forma de otredad utópica que lleve a cabo la redención por nosotros. Somos precisamente nosotros quienes hemos de realizar la tarea de la transformación interior, y debemos hacerlo de inmediato.
La transformación de la consciencia se ha convertido en EL imperativo existencial. O nos transformamos ahora o sucumbimos a la extinción. Tanto si triunfamos como si fracasamos como experimento evolutivo va a depender de nosotros, del conjunto de seres humanos que ahora existimos. Y la transformación requerida sólo puede lograrse a partir de cada ser humano. No va a ser de producción masiva, si bien podemos acelerar el proceso creando una cultura planetaria que apoye ese logro. Pero alguien debe ir primero. Nosotros, cada uno de los que somos conscientes de este imperativo, debemos convertirnos en modelos del logro de ese supremo ideal.
Cada uno de nosotros debe ser responsable de su propio desarrollo interior: lograr la muerte del ego, seguida del renacimiento sagrado como manifestaciones del Ser Cósmico único. Al salir de la ilusión de ser muchos debemos realizar que somos uno... Ese es el verdadero sentido del credo que aparece en los billetes de los dólares estadounidenses: E Plutibus Unum. No necesitamos una parodia egoica de unidad, que tome la forma de sometimiento al imperio, ni de panaceas new-age que enmascaren la persistencia de sistemas egoicos infantiles, sino la auténtica unicidad de la Presencia Divina, hecha posible a través de rigurosas disciplinas de autotransformación, meditación y un radical cambio de paradigma.
Convertir el proyecto de autotransformación en el punto más importante de las motivaciones vitales propias es un imperativo ético. Sin la realización del renacimiento sagrado en nuestra potencial Individualidad más elevada y genuina, todo lo demás será en vano. Le debemos esa metamorfosis a nuestros seres queridos, a nuestros antepasados y a nuestros descendientes, pero sobre todo, se la debemos a nuestro Ser, a la Fuente de nuestra existencia, al poder e inteligencia supremos que todo lo han creado.
Transformarnos ahora no es sólo un imperativo moral, sino psicológico. A menos que lo hagamos, las fuerzas de la oscuridad de nuestra psique causarán estragos en nuestra estabilidad emocional, si es que no lo están haciendo ya. A la vez que las energías psíquicas colectivas del planeta se tornan más caóticas y patológicas, las oleadas de ansiedad, paranoia y desesperación amenazan con superarnos. La paz y serenidad imperturbables de nuestro Ser más interior es el único refugio que nos queda. Para llegar a las energías protectoras del Uno -nuestro Dios-Ser inmanente-trascendente- el ego primero debe ser transfigurado, hacerse transparente a la Luz suprema que brilla desde nuestras profundidades.
Podría incluso decirse que la transformación es un imperativo político. Los movimientos tanto de derechas como de izquierdas provocaron en el siglo pasado horrores de asesinatos en masa y esclavitud. Sin una transformación de la consciencia, no habrá manera de superar la corrupción sistémica, la victimización y la locura del poder. Por desgracia, la izquierda ha extraído conclusiones equivocadas. Las perspicacias marxistas y postmodernas sobre clase, sexo, raza y otros conflictos identitarios que subyacen a la crispada fachada de unidad, es lo que caracteriza a las sociedades contemporáneas. Pero la revolución política, incluso en el caso de ser posible, no llevará a una transformación de la consciencia. Todas las batallas políticas son ganadas por las mismas fuerzas egoicas. Es el propio ego el que debe ser conquistado, y para ello no bastará con ningún tipo de revolución.
Las multitudes egoicas que pueblan los imperios actuales nunca podrán lograr unidad o armonía mientras permanezcan en el trance de la falsa consciencia. Agresión, engaño y proyección son atributos inherentes al ego. Al aumentar la frustración, el ego colectivo paranoico tiende al desenfreno y al colapso suicida. Por eso cada vez se imponen más los regímenes autoritarios, y se van eliminando gradualmente los derechos humanos. Ningún imperio puede mantener la hegemonía durante mucho tiempo sobre las hordas sectarias que arrasan un país fallido tras otro.
Pero no habría que pasar por alto que el ego es inherentemente cismogenético. Los cismas acabarán quebrando todos los movimientos, todos los grupos y toda coalición de gobierno. Ni siquiera los grupos espirituales son inmunes a esta tendencia del comportamiento egocéntrico. Sólo la trascendencia del ego puede conseguir que la unión sea duradera. No puede existir ninguna cohesión a largo plazo, ni siguiera en las sectas más rígidas, a menos que tenga lugar un desarrollo psicoespiritual revolucionario. Finalmente, como predijera Hobbes, los egos estarán en un estado de guerra total de todos contra todos. La transformación espiritual es imperativa porque sólo ella puede crear un nuevo horizonte político. Sólo ella cuenta con el poder de potenciar las energías creativas que pueden estimular un renacimiento cultural global.
La actual y peligrosa situación biopolítica de los seres humanos es una desgracia sólo aparente. Nos obliga a realizar lo que de otro modo dejaríamos a las generaciones futuras. Pero no habrá vidas humanas futura en este planeta a menos que actuemos ahora para cambiar el curso de nuestro destino, de la actual trayectoria suicida a una que esté sintonizada con el poder del amor y la verdad. La actual situación también deja claro que el verdadero poder ha dejado de estar en manos de las élites políticas. Mientras los sistemas políticos mundiales van cayendo, su desaparición deja un vacío. La legitimidad del viejo orden, los alineamientos identificativos establecidos, incluidos las familias en el sentido más amplio y las organizaciones religiosas, se disuelven en la disfunción, el escándalo y la hipocresía, en el ritual vacío y la hipocresía.
Muchas personas, incapaces de contemplar las vertiginosas posibilidades de este período de cambio caleidoscópico, permanecen perplejas y asfixiadas en sus fútiles trampas con indicadores y símbolos de identidad y posición ya obsoletos. La mayoría ha elegido la negación como sistema para evitar la ansiedad de la incertidumbre radical. Otras han entrado en períodos de nomadismo espiritual. Vagan por un desierto de actividad social carente de sentido, o bien se han embarcado en una determinada búsqueda de mayor comprensión, tras una Estrella que les conduzca a un nuevo Belén... Algunas incluso se dirigen hacia un nuevo pesebre donde puedan renacer como avatares. Las hay que buscan nuevas fuentes de verdad y amor genuino. Buscan sintonizarse con quienes muestras las señales de la verdadera dignidad: sabiduría generosa, incorruptibilidad, ecuanimidad, amor universal, pureza mental y vital, paz interior inalterable y serenidad.
Pero el problema es el siguiente: la vida cuenta con una larga curva de aprendizaje. Todo el que sigue un camino espiritual está desarrollándose, aspirando hacia el absoluto de la perfección humana, pero pocos son los que llegan. Tropezamos por el camino, y a veces nos caemos. Y aquellos a los que admiramos también caerán, de vez en cuando. Este reconocimiento de fragilidad en nosotros mismos, e incluso en nuestros maestros y guías, debe hacer que mantengamos una actitud humilde respecto a ellos, y no crítica o vengativa, sino siempre clemente.
Nuestra lealtad hacia Dios aumenta al aprender, y poco a poco renunciamos a nuestras tentaciones, al ir descubriendo el bálsamo de aceptación y sanación en la gracia de Dios. Como no podemos esperar la aparición de individuos perfecto, debemos aceptar el riesgo de esculpir nuestra propia perfección e ir todo lo lejos posible utilizando la consciencia como brújula, la serenidad como barómetro y la sabiduría de los grandes sabios como inspiración.
Cuando conocemos a alguien que puede llevarnos más lejos en nuestro viaje, que puede abrirnos los ojos a verdades más profundas y a un amor más universal, no debemos rechazar la oportunidad de crecer. Debemos obtener una autonomía genuina, así como discernimiento y unión interior con la Luz.
Trabajar con las distorsiones egoicas de nuestros procesos de pensamiento, fomentadas por ansiedades inconscientes, es un empeño extremadamente difícil. Es el Gran Trabajo del que hablaron los alquimistas, pero hay que enfocarlo con reverencia y turbación. Es como caminar por el filo de una navaja. Para contar con posibilidades de triunfar, debemos aprender el arte de la mansedumbre, a la vez que sostenemos con audacia la daga de la Verdad.
Tal y como nos enseñó Cristo, los mansos heredarán la tierra. Se están formando ahora comunidades dedicadas al ideal de la mansedumbre (una palabra que deriva del sánscrito a través del latín, mansuetudo, que significa uno cuyo verdadero Ser, swa, ha conquistado su mente egoica, manas), guiadas por quienes cuentan con la integridad y ecuanimidad suficientes como para haber trascendido al menos la mayoría de las identificaciones egoicas inferiores, y que se apoyan entre sí para lograr un desarrollo superior de bondad y energía espiritual. Aprenden a trabajar juntas para superar barreras físicas a fin de desarrollar relaciones valientes, que buscan la verdad, compasivas, holocéntricas y libres de narcisismo. Esas comunidades, aprenden de nuevo a vivir en armonía con la Naturaleza, desarrollando modos de producción y consumo sostenibles y ecológicos -en caso de poder también mantener modos de interser conscientes éticos y que hayan trascendido el ego-, estando destinadas a prosperar y proporcionar modelos para la siguiente era de la humanidad.
Es imperativo que nosotros nos convirtamos en seres que vivan con simplicidad y sabiduría, de fe pura y poder divino, no simplemente devotos de uno u otro ser que haya alcanzado ese objetivo en el pasado. Es la única manera de sobrevivir y beneficiarse de esta época problemática, y de ser una bendición para los demás.
Debemos convertirnos en budas, no sólo en budistas. Debemos ser avatares de Vishnu y Shiva, no quedándonos en meros devotos hinduistas. Debemos ser cristos, sin contentarnos con ser creyentes cristianos. Debemos convertirnos en profetas de Alá, no sólo en proselitistas. Debemos transformarnos alquímicamente, no sólo ser eruditos de la alquimia.
Debemos metabolizar los potenciales psicoespirituales humanos más elevados que permanecen dormidos en nuestro interior, y no limitarnos a predicar o filosofar sobre esa posibilidad. Nuestra entrega a Dios debe ser completa, no sólo de boquilla. Usemos todas las herramientas y perspicacias de todas las religiones, filosofías, ciencias y de todas las escuelas de psicoanálisis y terapia para alcanzar este objetivo. Es necesario superar nuestra identificación limitadora con cualquier religión o ideología y abrirnos para recibir la sabiduría de todo nuestro patrimonio humano de desarrollo intelectual y espiritual. Necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.
Hoy, más que en ninguna otra época, las ciencias físicas también convergen en el paradigma espiritual emergente unificador para ofrecer apoyo y descubrimientos cruciales sobre los procesos de transformación y trascendencia. En los últimos siglos, la ciencia alejó a la consciencia humana de las cadenas de la religión. Pero se trataba de una religión que cayó en la malinterpretación degradada y dogmática de sus propios raudales de información codificada mitológicamente.
En la actualidad, todos los campos de la ciencia han sido revolucionados por el reconocimiento de la necesidad de incluir la realidad de la consciencia. En la física, los más recientes e increíbles avances -increíbles desde la perspectiva newtoniana, pero normales para yoguis realizados- en física cuántica y cosmología, arrojando conceptos como dimensiones superiores y universos paralelos, relatividad, agujeros de gusano y viaje en el tiempo, y lo más importante, sobre el lugar fundamental de la consciencia en la constitución de la realidad, que han servido para relegitimizar la metafísica de los yoguis de la antigua India.
El núcleo de todas las tradiciones esotéricas está conformado por las mismas perspicacias metafísicas, continuamente reafirmadas por profetas, místicos y sabios de todas las religiones. Los nuevos descubrimientos en biología evolutiva que apoyan el concepto del diseño inteligente han desestabilizado el dogma neodarwiniano que limitara la imaginación científica a un relato reduccionista y plano de la realidad. El callejón sin salida del materialismo está siendo superado en mentes que han sido ideológicamente machacadas y sometidas durante siglos. Está teniendo lugar un renacimiento de la espiritualidad científica, que ya no necesita ocultarse en los rincones ni disculparse por su fracaso en aceptar la muerte de Dios.
La ciencia está reenergetizando la búsqueda espiritual. La psicología ayuda todavía más. La demolición del viejo paradigma conductista, que negara la existencia o relevancia de la consciencia, ha recuperado la vastedad de las esferas inconscientes y conscientes para el escenario teórico de las guerras de la cultura terapéutica.
Se están llevando a cabo grandes esfuerzos para integrar el psicoanálisis con las realizaciones del budismo y el Advaita. El análisis junguiano y los movimientos de psicología arquetípica y transpersonal están avanzando, cautivando la hambrienta imaginación de los nuevos graduados. El análisis lacaniano ha triunfado en muchas de las comunidades psicoanalíticas del mundo, siendo un enfoque que desenmascara la naturaleza ilusoria del ego, y que conduce a una «despersonalización benigna», un concepto compatible con las enseñanzas no dualistas de los caminos espirituales de Oriente. El análisis sullivaniano y los enfoques postkohutianos llegan a comprensiones similares.
La filosofía post-estructural europea, ampliando los trabajos de pensadores como Hussel, Heidegger, Foucault, Derrida y Deleuze, también ha dado un giro espiritual, recargando el campo de la teología no dualista. Pensadores deslumbrantes como Kitaro Nishida, Shinichi Hisamatsu, Keiji Nishitani y Masao Abe, de la Escuela de Kyoto de filosofía Zen, han forjado un elegante acercamiento entre budismo y teología y filosofía occidentales. Dios, que ha dejado de ser reducido a un Otro antropomórfico, y que ahora es la forma informe de Absoluta Inexistencia, la incognoscible pero inmediatamente presente verdad de nuestro universo inteligente y autoconsciente, está regresando.
Debemos, claro está, asegurarnos de que la religión egoica no vuelve a apropiarse del afán transformacional. El Sat Yoga no es una religión sino un conjunto de prácticas experimentales psicoespirituales laicas, protegidas por parámetros éticos que aseguran que los resultados no serán contaminados ni malbaratados por el ego. La naturaleza seglar del Yoga ha facilitado su adopción como psicotecnología por todas las religiones de Oriente. La práctica meditativa trasciende todos los posibles paradigmas discursivos. Por ello, existen literaturas de yoga shivaita, de yoga vishnuita, de yoga advaita, de yoga budista y de yoga taoísta, por nombrar unas cuantas.
Por desgracia, en Occidente, el símbolo "yoga" se ha popularizado en años recientes como una reciente elaboración de una de sus prácticas preliminares, la de asanas, las conocidas posturas físicas de estiramiento y equilibrio, en lugar del verdadero objeto del yoga, la realización de samadhi, que es el estado de pura consciencia en el que se han eliminado todos los constructos de pensamiento y el ruido mental.
La práctica física de asanas sólo desempeñó un pequeño papel en las actividades transformacionales preparatorias de los yoguis originales. Incluso leyendo un texto tardío como los Yoga Sutras de Patañjali, no se descubre más que una pequeña referencia sobre asanas. La importancia de la práctica de asanas residía simplemente en aprender a sentarse con comodidad a fin de poder meditar durante largos períodos de tiempo sin moverse. Los Yoga Sutras están dedicados a la realización de samadhi y los siddhis concurrentes, los poderes psicoespirituales que llegan con el desarrollo mental avanzado.
Hoy en día, la atrofiada comprensión del Yoga, como una forma de ejercicio físico, es un síntoma de la degradación narcisista y del materialismo que han contaminado incluso las tradiciones espirituales más profundas. El énfasis en las proezas físicas han llevado al desgraciado espectáculo de hatha yoguis exhibicionistas, más orgullosos de su habilidad para estar cabeza abajo que de darle la vuelta a su ego.
La meta del Sat Yoga no es otra que la transformación y trascendencia de la consciencia egoica. A través de sus prácticas, podemos aprender a vivir en los niveles supramentales de nuestro Ser. El Sat Yoga continúa la obra de muchos sabios modernos, incluyendo a Sri Aurobindo, cuyo yoga integral tiene por objeto el descenso de la Supermente en nuestra consciencia individual. La principal diferencia entre el esfuerzo de Sri Aurobindo y el nuestro es que el Sat Yoga incluye en la praxis de la transformación la sabiduría clínica obtenida en Occidente a través de un siglo de exploración psicoanalítica. Aplicando desarrollos como síntomas y análisis de sueños en sesiones individuales de atmanología de libre auto-investigación asociativa, llevadas a cabo en la seguridad de un campo de energía pránica positiva, se produce la comprensión gradual de los impulsos basados en estructuras subconscientes fantasiosas, fomentando una revitalización de energías celulares, lo cual acelera enormemente el proceso de transformación.
El término Sat Yoga significa unión con nuestro Ser númenal. Aquí, el término Ser hace referencia a lo que se llama, más apropiadamente, el Terreno del Ser. Es la base del Ser que está más allá de las dualidades de ser e inser, lo Real esencial que ninguna palabra puede explicar o describir adecuadamente. Esa es la razón por la que a veces nos refiramos a Ello como nuestro Ser Supremo.
En otras palabras, el Sat Yoga es la práctica disciplinada de vivir sin personalismo. La meditación es la actividad nuclear del Sat yoga. Los practicantes serios reservan tiempo para sentarse regularmente alrededor de una hora dos veces al día, además de los retiros ocasionales en los que nos sentamos entre ocho y diez horas diarias, en un estado de silencio mental, con toda nuestra atención centrada en el Ser interior. Llega un momento en que la tendencia a producir constructos egoicos va disminuyendo y que el Ser emerge en todo su esplendor. Nuestra identidad transpersonal se revela como una presencia atemporal, serenidad, amor, claridad, sabiduría, luminosidad y una vaciedad omnímoda.
Para realizar la transfiguración última, primero hay que purificar el ego. Hay tres votos general que resultan útiles: compromiso de vivir de una manera sencilla que ayude a la transformación; análisis continuo de la dinámica propia del ego; y una participación diaria en acciones benevolentes que inspiren a otras personas a dar lo mejor de sí mismas. Transubstanciar el ego es el mejor regalo que podemos ofrecer a la humanidad.
La transformación psicológica humana es imperativa. Realicemos rápidamente nuestro propio trabajo interior y luego ayudemos a todas las personas que nos sea posible. La autorrealización no es un lujo para las clases altas. Es el único medio de liberación para todos los seres en todas partes. También es la aventura por excelencia. Es una causa que puede convertirse en vehículo de infinita creatividad, realización y deleite.
Abrir el corazón a las asombrosas energías del amor divino es el más dulce de los gozos. Vivir con virtud y nobleza de espíritu es la satisfacción más profunda. Morar en una incesante y consciente unión con el Absoluto es un éxtasis incomparable. La transformación es imperativa. También es nuestro destino, nuestro telos intemporal es este juego cósmico de la Inteligencia Suprema. En nuestro interior todos tenemos un profundo anhelo de realizar nuestra unidad con el creador, el Soñador de este extraño y maravilloso sueño que es el universo. Este anhelo puede manifestarse espontáneamente en algún momento. Pero podemos acelerar su ocurrencia con nuestros esfuerzos por alcanzar la Autorrealización. Por ello, entremos valientemente en la Presencia desconocida que es el Ser, aceptemos la ascensión, el advenimiento de la gran aventura: nuestra transformación consciente en la total manifestación de quienes y de lo que ya somos eternamente. No tenemos nada que perder, excepto nuestro sufrimiento.